Un ramo de alcatraces para mis niñas,
que, envueltas en un manto de dulzura,
pueblan y alegran los rumbos de la
tierra,
la arena, el bosque, el mar y la alta
montaña.
Con sus juegos y cantos alegres
van tejiendo los dorados días de sus
vidas,
en su diario soñar amalgaman
fantasías, cantos, oraciones, proyectos.
Pero en el entorno humano
también hay fieras
que destrozan las flores
y desbordan los límites;
aves del mal
que arrastran la inocencia
hacia el abismo, sin razón.
No queremos llanto de niña
ni grito de mujer,
debemos instruirlas
que aprendan las reglas,
que estudien, lean analicen,
poca televisión y revistas rosas,
que amen la tierra, el sol
al ser humano, la familia,
que conozcan los mecanismos
de su alma y su cuerpo,
que no ignoren los riesgos,
que aprendan a defenderse
a respetar y amar de verdad.
Queremos mujeres
sabias como Madam Curie,
sensibles cual la Madre Teresa,
profundas como nuestra Sor Juana,
firmes como Rosa Luxemburgo.
Se puede
es menester educarlas,
atenderlas, vigilarlas,
que valoremos firmemente
la parte sagrada de nuestra vida.
Tlacaelel, agosto 2018

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